Después de dormir boca-abajo en el cuarto de mi viejo, que pareciera que siempre tiene camas mas cómodas que la de cualquiera (será porque duerme tranquilo, feligrés y feliz a la edad que tiene...) me levanté al poco rato con una mirada reprobatoria y fugaz de mi madre, o que tal vez haya sido mas bien un lapsus o un mareo de esos que dan cuando te levantas con un solo movimiento. Eran las 4 de la tarde, y me enojaba unos segundos por ver tanta nube gris en el cielo y tanto ladrillo, cemento y antenas de mi ventana para afuera: me parecía simplemente una combinación anti-perfecta, casi apocalíptica para los que disfrutamos del sol y de la alegría que trae, a los que ya somos de por sí felices. Eran las 4 y a esa hora el gimnasio abría los portones, entrando yo en un dilema de ir o no, de rebelarme o no a la prescripción del gringo quiropráctico, gracias a una escoliosis de mierda que me hizo sentirme estas últimas semanas mas en la mente de esa gente minusválida, que anda por ahí remediando situaciones y viendo de reojo como los miran los demás con la típica cara de persona trivial. Siempre caigo en tentaciones, y esta ves sucede que me gustó la idea de obligarme a hacer series de abdominales, sabiendo por experiencias y excitación propia que las mujeres del cole son ávidas perceptoras de tal grupo muscular en los varones. Zarpé hacia el gimnasio y estuve 2 horas viendo el reloj de la pared, tal vez dejándome engañar por un espejo que parecía amarme y me hacía ver mejor, en ese juego de percepción óptica que todavía no entiendo y a la que, por mi edad, doy mucha importancia. Los abdominales no se encuadraron como pensé, pero la cierta satisfacción de haber ido a hacer algo que no sea dormir o estar sentado mirando una pantalla me enorgullecieron por un rato, siguiéndole también el típico remordimiento o esa mirada hipocondríaca a mí mismo y a las consecuencias de no tomar los cuidados necesarios con los huesos de mi frágil espalda. Ojalá se solucione ese lío de mi cuerpo, porque ruego para que no se agrave cada vez que me duele y eso jode insaciablemente.
19 de octubre de 2009
Fotografías narradas (y en silencio absoluto)
(1)
Después de dormir boca-abajo en el cuarto de mi viejo, que pareciera que siempre tiene camas mas cómodas que la de cualquiera (será porque duerme tranquilo, feligrés y feliz a la edad que tiene...) me levanté al poco rato con una mirada reprobatoria y fugaz de mi madre, o que tal vez haya sido mas bien un lapsus o un mareo de esos que dan cuando te levantas con un solo movimiento. Eran las 4 de la tarde, y me enojaba unos segundos por ver tanta nube gris en el cielo y tanto ladrillo, cemento y antenas de mi ventana para afuera: me parecía simplemente una combinación anti-perfecta, casi apocalíptica para los que disfrutamos del sol y de la alegría que trae, a los que ya somos de por sí felices. Eran las 4 y a esa hora el gimnasio abría los portones, entrando yo en un dilema de ir o no, de rebelarme o no a la prescripción del gringo quiropráctico, gracias a una escoliosis de mierda que me hizo sentirme estas últimas semanas mas en la mente de esa gente minusválida, que anda por ahí remediando situaciones y viendo de reojo como los miran los demás con la típica cara de persona trivial. Siempre caigo en tentaciones, y esta ves sucede que me gustó la idea de obligarme a hacer series de abdominales, sabiendo por experiencias y excitación propia que las mujeres del cole son ávidas perceptoras de tal grupo muscular en los varones. Zarpé hacia el gimnasio y estuve 2 horas viendo el reloj de la pared, tal vez dejándome engañar por un espejo que parecía amarme y me hacía ver mejor, en ese juego de percepción óptica que todavía no entiendo y a la que, por mi edad, doy mucha importancia. Los abdominales no se encuadraron como pensé, pero la cierta satisfacción de haber ido a hacer algo que no sea dormir o estar sentado mirando una pantalla me enorgullecieron por un rato, siguiéndole también el típico remordimiento o esa mirada hipocondríaca a mí mismo y a las consecuencias de no tomar los cuidados necesarios con los huesos de mi frágil espalda. Ojalá se solucione ese lío de mi cuerpo, porque ruego para que no se agrave cada vez que me duele y eso jode insaciablemente.
Después de dormir boca-abajo en el cuarto de mi viejo, que pareciera que siempre tiene camas mas cómodas que la de cualquiera (será porque duerme tranquilo, feligrés y feliz a la edad que tiene...) me levanté al poco rato con una mirada reprobatoria y fugaz de mi madre, o que tal vez haya sido mas bien un lapsus o un mareo de esos que dan cuando te levantas con un solo movimiento. Eran las 4 de la tarde, y me enojaba unos segundos por ver tanta nube gris en el cielo y tanto ladrillo, cemento y antenas de mi ventana para afuera: me parecía simplemente una combinación anti-perfecta, casi apocalíptica para los que disfrutamos del sol y de la alegría que trae, a los que ya somos de por sí felices. Eran las 4 y a esa hora el gimnasio abría los portones, entrando yo en un dilema de ir o no, de rebelarme o no a la prescripción del gringo quiropráctico, gracias a una escoliosis de mierda que me hizo sentirme estas últimas semanas mas en la mente de esa gente minusválida, que anda por ahí remediando situaciones y viendo de reojo como los miran los demás con la típica cara de persona trivial. Siempre caigo en tentaciones, y esta ves sucede que me gustó la idea de obligarme a hacer series de abdominales, sabiendo por experiencias y excitación propia que las mujeres del cole son ávidas perceptoras de tal grupo muscular en los varones. Zarpé hacia el gimnasio y estuve 2 horas viendo el reloj de la pared, tal vez dejándome engañar por un espejo que parecía amarme y me hacía ver mejor, en ese juego de percepción óptica que todavía no entiendo y a la que, por mi edad, doy mucha importancia. Los abdominales no se encuadraron como pensé, pero la cierta satisfacción de haber ido a hacer algo que no sea dormir o estar sentado mirando una pantalla me enorgullecieron por un rato, siguiéndole también el típico remordimiento o esa mirada hipocondríaca a mí mismo y a las consecuencias de no tomar los cuidados necesarios con los huesos de mi frágil espalda. Ojalá se solucione ese lío de mi cuerpo, porque ruego para que no se agrave cada vez que me duele y eso jode insaciablemente.
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